Registros de Bangkok (una distopía roldosista)

24 de febrero de 2015

El verdadero nombre de Bangkok es “ciudad de los ángeles”, por lo que se podría parafrasear al personaje de Sam Elliot en su discurso de apertura de The big Lebowski y decir “They call Bangkok the City of Angels, but I didn’t find it to be that exactly”. Bangkok, de hecho, no es tanto angelical como roldosista: la impresión que me provocó esta ciudad es que sería lo que Guayaquil si ésta hubiera crecido de forma desmesurada (Bangkok tiene 8.5 millones de habitantes; su área metropolitana alcanza los 14 millones) y de una manera tan caótica y desorganizada como la Guayaquil de los tiempos de Bucaram.

Unos registros gráficos random acompañan esta idea:


El medio de transporte por excelencia: el tuk tuk. Los hay en Bangkok como grillos en el invierno guayaquileño. Para su conductor, podría ser una variante del Mach 5.


La religión más difundida en Tailandia es la del gordo fumanchú, representado aquí en una estatua gigante (una de las más grandes del mundo mundial, según dicen). 


La bebida de rigor en el calor de Bangkok es la cerveza Singha. Tan aguachenta como la Pilsener.


Una típica vista de las calles ocupadas por tuk tuks y lugares de venta de comida dudosamente higiénica. (Y como suele suceder, exquisita).


Colgate, según cuentan.


La Comandanta Chávez, de lejitos.


La Comandanta Chávez es la esposa del Rey Rama IX, un fulano que parece ser la vejez del asambleísta Luis Fernando Torres (aquí posando detrás de unos cables que son el paisaje urbano más recurrente de Bangkok). Por cierto, si ustedes creen que Correa tiene mucha iconografía suya en las calles, es simplemente porque no han estado en Bangkok. La comandanta y Rama IX lo llevan a otro nivel.


Un intento de ciclovía que el olvido y la erosión conocen. Las bicicletas, no.


El monumento a la democracia tiene tanques de guerra. Cosa para propicia en un país gobernado por una dictadura militar.


La adaptación cultural de Ronald, el payaso diabólico.


Un lugar de comida instalado en plena parada de bus. Orden, ante todo.

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Las calles y las veredas tomadas por el desorden y los comerciantes, los cables expuestos (a la manera del viejo IETEL), la suciedad generalizada, el tráfico sin fin: tales son mis primeros recuerdos del centro de Guayaquil. Bangkok fue un salto de 30 años en el tiempo que enlazó a una ciudad con la otra en mi memoria: un paseo de seis días al caluroso caos que conocí de niño. El escenario de un disfrute bizarro.

Bangkok se escribe con la B de Bucaram: una distopía roldosista, hecha realidad.

Notas sobre el programa de John Oliver

14 de febrero de 2015

Como muchos en el mundo, conocí el programa de John Oliver por su memorable diatriba contra la FIFA. Ese trabajo se difundió el 8 de junio del 2014, a escasos días (cuatro, para ser preciso) del inicio del mundial de Brasil, durante la emisión del sexto episodio de la primera temporada de su programa Last week tonight with John Oliver, transmitido por HBO.

Poco tiempo después, en clases de mi maestría, estudiamos las restricciones a la venta y posesión de armas implementada en Australia durante el gobierno del primer ministro John Howard (quien gobernó Australia desde 1996 durante 11 años, por cuatro períodos consecutivos) por contraste a la imposibilidad del presidente Barack Obama para aplicar similares restricciones en los Estados Unidos de América. (La comparación entre lo sucedido en los Estados Unidos de América y en Australia motivó este artículo de mi autoría). En clases, analizamos la pieza periodística que John Oliver realizó sobre este tema (titulada ‘Australia’s gun control’s aftermath’ [Repercusiones del control de armas en Australia]) cuando se desempeñaba como reportero del programa The daily show, conducido por Jon Stewart. Es un trabajo de investigación extraordinario, incisivo y gracioso, que obtuvo incluso un premio Emmy. Se presentó en tres partes (las tres se las encuentra en el enlace anterior) y es altamente recomendable.

El año pasado, John Oliver se independizó de The daily show, e inició su propio programa Last week tonight with John Oliver en abril. La primera temporada tuvo 24 episodios; la segunda, en cuyo primer y hasta ahora único episodio ha sido figura estelar el presidente Correa, tiene planeados 35. En los 25 episodios que hasta ahora se han difundido, el programa de John Oliver se ha ocupado, por diversas razones, de la situación de muchos países del mundo mundial, entre otros, Australia (por Tony Abbott), Argentina (por el tuit de Cristina Fernández), Brasil (por las elecciones), Hungría (por el impuesto al Internet), India (por las elecciones), Nueva Zelanda (por el referéndum sobre el cambio de su bandera), Singapur (por los problemas con las apuestas), Suecia (por la caza de un submarino ruso), Tailandia (por la hipersensibilidad de su monarquía), Uganda (por las leyes represivas de la homosexualidad)… Son países de todos los continentes habitados, a los que de manera reciente se sumó Ecuador, gracias a la so-called taint-sensibility del presidente Rafael Correa. Por cierto, Correa es una más de las altas autoridades políticas que han merecido la atención del programa de Oliver. Se une a un selecto grupo conformado por el presidente indio Narendra Modi, la canciller alemana Angela Merkel, el primer ministro australiano Tony Abbott, el presidente francés François Hollande, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, la reina Beatriz de Holanda, el presidente zimbabuense Robert Mugabe, el emir Sabah Al-Sabah de Kuwait, el príncipe Enrique de Dinamarca, el presidente ruso Vladimir Putin, el sultán Hassanal Bolkiah de Brunéi… Entre otros tantos que no son políticos, desde Jérôme Valcke, secretario general de la FIFA (en el segmento Fuck that guyhasta la filósofa de los ‘selfish assholes’ Ayn Rand (en el segmento How is she still a thing?).

A manera de muestra de la calidad del trabajo de John Oliver, pongo a consideración mi top 5 de su programa:  

5) Su retrato de Tony “dumb, dumb” Abbott. Hilarante. Juzguen por ustedes mismos el personaje que Abbott es:


4) Su burla a la reina de Reino Unido, etc., cuando visitó el set de Game of Thrones. La llamó “una reina con poderes falsos, visitando un reino falso, el que probablemente tiene un mayor impacto en la vida de su país que el que ella misma tiene”. Parece, después de todo, que Oliver y Correa comparten un común desprecio por las monarquías:


3) Su ataque a la desigualdad de ingresos en los Estados Unidos de América y al optimismo que se dispara al pie:


2) Su crítica del sistema penitenciario de los Estados Unidos de América. El humor y la investigación profunda, unidos de manera inteligente para formular un contundente alegato en contra de un sistema injusto. Extraordinario (feat. a sort of Sesame Street puppets):


1) Su diatriba contra esa organización mafiosa llamada FIFA. El video que me introdujo a Last week with tonight with John Oliver y el (hasta ahora) más visto de todo su trabajo, con cerca de 10 millones de visitas en YouTube:


P.S.- Por cierto que en comparación con el trato que le ha dispensado a otros líderes, Oliver lo trató bastante bien a Correa: le da incluso un estatus de posible líder mundial. Por contraste y como se puede apreciar en el video, al primer ministro australiano Tony Abbott lo retrata como un perfecto idiota (aunque, a decir verdad, Abbott tampoco es que se ayuda).

Correa en Vietnam

11 de febrero de 2015

Este es el precio que tienes que pagar por no entender las reglas del juego en Twitter:


El comediante inglés John Oliver se ha burlado del presidente Rafael Correa en la primera emisión de la segunda temporada de su programa Last week tonight with John Oliver. La razón de su burla es porque Correa ha emprendido una batalla contra las opiniones ofensivas hacia su gobierno en las redes sociales. En mi opinión, Oliver tiene razón.

Pero antes de señalar el porqué considero que John Oliver tiene razón, creo necesario analizar dos cosas. Primero, la defensa que se ha hecho de Rafael Correa por la opinión que Oliver emitió sobre él. Segundo, el contexto de la red social Twitter en el Ecuador.

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Sobre lo primero, la defensa más desafortunada de Rafael Correa ha sido la que él mismo ha ensayado. En respuesta a John Oliver, Correa publicó el siguiente tuit:


Esta es una respuesta pésima, por la sencilla razón de que alguien debería referirle a Correa de la nacionalidad de Charles Chaplin, Peter Sellers y Ricky Gervais, o facilitarle un DVD con el Life of Bryan de Monty Python. Además que, sobra decirlo, una respuesta a partir de generalizar sobre los "comediantes ingleses" es, de por sí, inapropiada.

Una defensa más razonable que la ensayada por el presidente la ha hecho una canadiense, de nombre Shannon Rohan. En una carta abierta a John Oliver, ha expuesto con mucho respeto la razón de su disenso con Oliver. El núcleo de su argumento es que Correa es un líder que se toma “su trabajo personalmente”: por lo tanto, así como ordena resolver cosas en sus interacciones en Twitter (por ejemplo, con el muy conocido, [institución pública X]: favor atender) también se toma personalmente las ofensas que se le puedan hacer a través de ese medio. El problema con este argumento es que es un falso dilema: una cosa no implica necesariamente a la otra. Es perfectamente posible que el presidente Correa se tome en serio sus compromisos y su rol como presidente de la república, al tiempo que ignore a quienes intentan ofenderlo.

Una tercera línea de defensa se ha ensayado en la red social Twitter con el hashtag #JohnYouAreInvited, a través del cual se han difundido obras y servicios que el gobierno de Rafael Correa ha implementado en el Ecuador. A diferencia de las anteriores, ésta es una manera inteligente de enfocar el debate en lo positivo que el gobierno de Correa ha hecho por el país en materia de obras y de servicios (que es, en definitiva, para lo que se elige a un gobierno).

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Sobre lo segundo, según un estudio divulgado por el Wall Street Journal y citado en la prensa nacional, un 44% de usuarios de Twitter jamás ha tuiteado y tan solo un 13% ha enviado más de 100 tuits. De aquellos usuarios que sí son activos, muchos no se muestran interesados por cuestiones de índole política. El número de tuiteros que de manera activa se ocupa de temas políticos es, en realidad, muy menor en comparación al número total de usuarios de esta red social en el país. Y es, en mi opinión, un grupo bastante auto-referencial. El caso de los tuiteros que se convocaron a una marcha para protestar por el caso de la narcovalija fue, en este sentido, muy elocuente: del entusiasmo inicial que hubo en la red social, al final se presentaron tan solo unas cincuenta personas. ¿Los efectos prácticos de dicha marcha? Pues además de demostrar la pobreza de su convocatoria, ninguno en particular.

Hace tiempo que me salí de Twitter y considero que ha sido una decisión muy acertada. En unas pocas ocasiones me he metido para revisar opiniones sobre temas específicos (no es necesario tener una cuenta para ello) y lo que por lo general he encontrado son razones para confirmar la opinión del escritor colombiano Fernando Vallejo sobre esa red social: “una red de alcantarillas donde la chusma paridora y vándala excreta sus insultos”. Vallejo exagera, pero no está desencaminado: al menos en materia de debate político, lo que suele existir (con excepciones, por supuesto) es un maniqueísmo ramplón de buenos y malos, sin espacio para matices, donde quien no está alineado en el bando de uno se merece por ello agravios y descalificaciones. Y la inteligencia, como supo bien advertirlo Nietzsche, está en los matices. Es muy difícil encontrarlos expresados en 140 caracteres.

Hace mucho tiempo la experiencia me enseñó, a través de este blog principalmente, que hay gente que es simplemente inmune a todo razonamiento. Cuando lo abrí, pensé ingenuamente en publicar y en responder todos los comentarios que me hicieran, por ofensivos que estos fueran. Y actúe en consecuencia, solo para darme cuenta con el paso del tiempo que estaba en un error. En muchos casos, yo me esforzaba en razonar pero el otro, aquel “inmune a todo razonamiento”, solo quería ofender. A esos, se los conoce como “trolls”. Los hay por montones en Twitter (hace escasos días, el CEO de Twitter admitió “vergüenza” por su fracaso para erradicarlos de dicha plataforma) y su único propósito es hacer daño (sea amparados en un supuesto sentido del humor, o totalmente carentes de él). Es esa su personal victoria. Si son psicópatas o son pagados por intereses políticos, eso no es lo relevante. Lo relevante es que hacerles frente es, en cualquier caso, empezar a perder.

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En esencia, creo que John Oliver tiene razón, porque iniciar una “batalla” contra los tuiteros es inútil y desgastante. Como él lo dice, ganar en Twitter “es imposible”. Las reglas del juego son claras: puedes abrir una cuenta de manera que tu identidad no sea descubierta y tienes una amplia libertad para decir casi cualquier cosa en la medida en que cumplas con el requisito de utilizar 140 caracteres. Cuando digo “casi” es porque ciertas cosas no deben ser toleradas. Una amenaza de muerte es uno de esos casos. Hace poco un fulano amenazó de muerte al presidente Obama a través del Twitter: ahora cumple seis meses de prisión. Otro ejemplo es la apología del terrorismo. Por estos días, en España se detuvo a 19 personas por dicha causa en razón de sus opiniones vertidas en Twitter y en Facebook. Pero de estas personas no se debe ocupar la máxima autoridad de un Estado: se deben encargar sus organismos de seguridad y de justicia, como sucedió en los Estados Unidos de América y en España.

Considero, además, que se puede utilizar de una mejor manera las redes sociales. Como lo ha sugerido un experto en este tema como Christian Espinoza, la iniciativa de la página Somos Más se podría transformar “en una página de desmentidos de rumores, alertar de falsificación de cuentas, bulos, oaxes que circulan como ciertos, cómo defenderte de amenazas que te hagan en redes, destinadas a educar a la población, a verificar información, tips para no caer en trampas de este tipo”. O también, se podría continuar con iniciativas análogas a la impulsada con #JohnYouAreInvited, propuestas con tono positivo.

Pero el que un gobierno se ponga a desenmascarar a particulares que lo “ofenden” no es solo inútil sino contraproducente (valga aquí como ejemplo el que a CrudoEcuador le crecieron por miles los seguidores inmediatamente después de que el presidente Correa lo hizo famoso en una sabatina: esto se conoce como el “efecto Streisand”). Por mucho poder que tenga un Estado, tal vez logre “acabar” con algunos tuiteros pero siempre habrán muchos más. Escondidos en su anonimato (alcantarillas, las llamó Vallejo) y con el propósito de desgastar la imagen del presidente y de su gobierno, cada respuesta que Correa les formule, solo los alimenta a ellos al tiempo que lo perjudica a él. Porque no necesitan siquiera tener la razón: les basta, en el mejor de los casos, con hacer notar que el otro no la tiene; en el peor de ellos, en procurar que la pierda, a través del sencillo expediente del agravio y la descalificación. Y podrán pasar muchos años, y un grupo con poder (el poder de un Estado) encabezado por el presidente Correa y su equipo de comunicación, seguirá perdiendo y desgastándose, en una batalla sin sentido porque nunca lo tuvo desde su mismo principio.

¿Vietnam, anyone?

La sensatez de Pepe Mujica

28 de enero de 2015

Se sabe que en la opinión pública latinoamericana, a Pepe Mujica suele tenérselo en altísima estima. En el caso del Ecuador, por su sencillo estilo de vida, por su campechanía para abordar temas difíciles y por las políticas de su gobierno en materia de la marihuana, el matrimonio homosexual y el aborto, Pepe Mujica se ha granjeado la simpatía de un amplio número de personas, tanto de oficialistas como de opositores, así como de todo lo que existe en medio y alrededores (pues aunque a veces no lo parezca, la opinión no se reduce a dos únicos bandos, como cierto maniqueísmo imperante quiere hacer pensar). Valga como ejemplo de su sensatez, esta opinión de Mujica sobre la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo en Uruguay, ofrecida a un programa de la TV española:



Mucho debe aprender Rafael Correa de esta actitud para entender las regulaciones y las  políticas públicas, no desde su respetable ideario católico sino desde sus responsabilidades como político. Pues como Correa, Mujica no está a favor del aborto (“¿quién puede estar a favor del aborto?”, se pregunta) pero a diferencia de él, está a favor de regular lo que existe para “salvar más vidas” en vez de “dejarlas [a las mujeres] aisladas en su drama” y en la clandestinidad. Al día de hoy, Uruguay es el único país en América latina que ha cumplido con la meta establecida en los Objetivos del Milenio de reducir la mortalidad materna en tres cuartas partes entre 1990 y 2015. Ecuador, por contraste, de entre todas las metas de los Objetivos del Milenio, la que más lejos se encuentra de cumplir es precisamente la reducción de la mortalidad materna. La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (LeyNo 18.987), puesta en vigencia en octubre del 2012, tiene mucho que ver en el alcance de este logro uruguayo. A partir de su vigencia, el número de mujeres fallecidas por causa de un aborto mal practicado se redujo a cero. Antes de su vigencia, en cambio, moría una mujer por semana.  “Es sentido común”, dice Mujica en el video. Los resultados están a la vista.

Pero el ángulo que me interesa explorar de Pepe Mujica es otro, mucho menos estudiado por quienes suelen exaltar su figura e ideario. Pepe Mujica es un defensor de la explotación de los recursos naturales. Como ha señalado en esta entrevista, “la naturaleza la tenemos que usar, pero cuidándola”:


Para Mujica, lo clave es el gobierno de la política en la explotación de los recursos, para que su redistribución contribuya al bienestar de la población. “No se trata de decirle no a la explotación y al progreso”, dice Mujica. “Hay que decirle sí, pero hacer las cosas bien”. Se trata, entonces, de dañar la naturaleza lo menos posible y de beneficiar a la gente en la mayor medida posible:

“si hacemos las cosas bien, tendremos menos margen de ganancia, pero en definitiva vamos a preservar la naturaleza y los recursos como corresponde al porvenir. Pero es idiota, teniendo una riqueza, tratar de no multiplicar los efectos de esa riqueza”.

En mi opinión, esto es tan solo la extrapolación de la sensatez característica de Mujica (manifestada con su habitual campechanía) al campo de la política económica. Es sentido común, diría Mujica.

Una razón más para admirarlo.

Retrato de un país roto

27 de enero de 2015

El año 2005, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos incluyó en su informe anual un análisis de la situación del Ecuador durante los años 2004-2005. En dicho período sucedieron hechos que desembocaron en la tercera destitución de un presidente en el breve lapso de ocho años (Bucaram 1997, Mahuad 2000, Gutiérrez 2005: ningún presidente elegido popularmente terminó su período). Estos hechos merecieron la atención de este organismo internacional por configurar “una grave crisis institucional, que justifican la preocupación de la Comisión”.

El retrato de la Comisión Interamericana es el de un país desmoralizado. ·Este organismo destacó la situación general del Ecuador en aquel entonces (en lo venidero, lo resaltado no es del original):

“El año 2005 ha sido testigo de un débil estado de derecho y consecuente frágil protección de los derechos humanos en el Ecuador.  La seguridad del sistema democrático se ha visto afectada por una inestabilidad política, que si bien no es un producto reciente en la historia del país ni responsabilidad del gobierno actual [N. del A., el gobierno de Alfredo Palacio], ha puesto en evidencia las falencias de una estructura de poderes que ha sido endeble al momento de dar respuestas en sus políticas públicas, a los intereses de la mayoría de la población; ó que, en ocasiones, se ha visto imposibilitada de desarrollar programas de trabajo eficaces debido a la temporalidad de sus funciones.   Esta erosión se ha visto reflejada, también, en la incapacidad del sistema político de dar respuesta a problemas sociales, lo cual contribuye a perpetuar falencias estructurales de derechos humanos.

La Comisión señaló la responsabilidad de la élite política en estas falencias estructurales en la protección de los derechos humanos:

[L]a Comisión reitera que la crisis coyuntural que se vivió durante el último año en Ecuador [N. del A., el año 2005], refleja problemas estructurales de mucho mayor alcance que no logran ser resueltos por la grave inestabilidad política que afecta al país y la incapacidad de sus clases dirigentes de formar consensos amplios y perdurables que permitan identificar e implementar políticas públicas inclusivas necesarias para el respeto y goce efectivo de todos los derechos humanos, particularmente aquellos relacionados con el ejercicio igualitario del derecho a la participación política (artículo 23 de la Convención), acceso a la justicia independiente, imparcial y gozar de un recurso efectivo (artículo 25 de la Convención), libertad de expresión, asociación y reunión (artículos 13 y 15 de la Convención), igual protección ante la ley (artículo 24 de la Convención), y de los derechos económicos, sociales y culturales reconocidos en el Protocolo de San Salvador que Ecuador ratificó en 1993. 

La Comisión subrayó el estado de desmoralización de los habitantes del país, con datos provenientes del Latinobarómetro de las Américas:

La Comisión no puede dejar de señalar, que la población ecuatoriana tiene un alto nivel de escepticismo con respecto a las instituciones democráticas, a la dirigencia política y a la capacidad de los órganos estatales para tutelar los derechos humanos. Ello contribuye y profundiza la inestabilidad política que ha caracterizado al país en la última década. Algunos ejemplos demuestran esta situación. Apenas el 24% de la población aprueba la forma en que el Presidente dirige al país y solamente el 22% piensa que las personas que ejercen la dirección del país hacen lo correcto. También hay una escasa cultura cívica en Ecuador. Así, a pesar de que en el año 2000 hubo un proceso constituyente y que en estos momentos hay discusiones sobre la necesidad de una reforma constitucional, tan sólo el 24% de la población tiene conocimiento de la Constitución.  Estas encuestas al mismo tiempo demuestran la precaria situación ecuatoriana dada que los habitantes ecuatorianos son de los que presentan más bajos niveles de exigencia de sus derechos, acatamiento de las leyes así como legitimidad de los partidos políticos y del Congreso.

Las crisis políticas se generan y se profundizan a la vez por el alto grado de escepticismo de la sociedad ecuatoriana en cuanto al funcionamiento de las instituciones estatales.  Así, la ecuatoriana es la población latinoamericana que menos cree que el Estado logra hacer cumplir la ley de manera igualitaria. Apenas un 30% piensa que la justicia ecuatoriana, aún cuando tarda, es capaz de impartir justicia, de nuevo el índice de confianza más bajo en América Latina. El 67% de la población estima que puede haber democracia sin que funcionen los partidos políticos y el Congreso nacional.  Solo el 14% está satisfecho con el funcionamiento de la democracia en el país.

La lectura integral de este informe no tiene pérdida. Es un recordatorio del país en el que vivíamos. Un país en el que daban ganas de decir “el que se vaya último, apague la luz”.

Hoy, esa misma población en aquel entonces desmoralizada, mira las cosas de una manera diferente. El informe más reciente del Latinobarómetro ofrece una imagen distinta del país. Por contraste con algunos de los datos que presentó la Comisión Interamericana en su informe del año 2005 y que resultan relevantes para la medición de la confianza ciudadana en el sistema democrático, en el año 2013 (el último año con datos disponibles del Latinobarómetro) un 65% de la población ecuatoriana consideró que sin Congreso Nacional no puede haber democracia frente a un 33% que el año 2005 pensaba así y un 64% consideró en el año 2013 que sin partidos políticos no puede haber democracia frente a un 32% que el año 2005 pensaba de esa forma. Según el Latinobarómetro, en Ecuador la satisfacción con la democracia creció del 14% reseñado por la Comisión Interamericana en su informe a un 55% de la población. En una materia tan relevante y decidora como la economía, en estos días se ha destacado un informe que publicó el Barómetro de las Américas de la Universidad de Vanderbilt, en el que el Ecuador resultó el país de las Américas que obtuvo la mejor evaluación sobre su situación económica: el 59.5% de los ecuatorianos la evaluó de manera positiva. Algo impensable diez años atrás.


Mucha agua ha corrido desde ese no tan lejano 2005, hace escasos diez años.

La respuesta del economista Manuel González

3 de diciembre de 2014

Con ocasión de las fiestas de julio en Guayaquil publiqué este artículo en el que critiqué el tono celebratorio de las autoridades y los fans de la M. I. Municipalidad de Guayaquil. El artículo mereció algunas opiniones en redes sociales, varias de las cuales fueron tan insustanciales y descalificadoras como las que puede esperarse que sean hechas en las redes sociales. No en vano el periodista John Lee Anderson las ha calificado como “un gran basurero”. 

Hubo, sin embargo, un economista que se animó a publicar en su blog una crítica a mi artículo. En su opinión, no es un artículo riguroso. Tampoco su crítica lo es. Por ejemplo, para justificar el descenso migratorio en Guayaquil, esta persona se basa en un supuesto (“supongamos que la mitad”) que resulta además insuficiente, porque se refiere tan solo a la tercera parte del período bajo análisis. Este economista exige un rigor del que él mismo carece.

Peor es, sin embargo, que este individuo haya confundido las cosas. Mi artículo no es un artículo para “probar” los magros resultados económicos de la M. I. Municipalidad de Guayaquil: eso está claramente fuera de rango en un artículo de las dimensiones del publicado. Es un artículo de crítica política que expuso información para desmentir el tono celebratorio de derrota a la pobreza y de pujanza económica que tan fácilmente se acepta sin crítica alguna en Guayaquil. Frente a esto, el economista emprendió una defensa de la administración municipal, con argumentos muy débiles. Por ejemplo, para defender los indicadores de pobreza de Guayaquil, el economista los compara con los de Machala: el que Guayaquil tenga peores indicadores de pobreza que Quito y Cuenca no es tan relevante como el que los tenga menos malos que la otra ciudad administrada por socialcristianos (?). Otro ejemplo: el economista, para defender que en los indicadores de “infraestructura y conectividad física” de la revista América Economía Guayaquil no lo hace tan mal (obtiene un paupérrimo 34.4/100), no tiene empacho en señalar que yo no menciono “que Quito se encuentra a solo cuatro posiciones de Guayaquil” (¡?). Vaya consuelo de tontos: el economista está para la risa. Con razón lo festejaron en redes sociales.

¿Puede una autoridad decir que se está “ganando la guerra contra la pobreza” cuando el indicador de su administración es apenas y únicamente mejor que el de su prima pobre socialcristiana? ¿Puede defenderse que sea Guayaquil una ciudad de pujanza económica sobre la base, no de buenos indicadores, sino de que otra ciudad lo hace apenas mejor? Es obvio que no. Pero lo peor de todo no es la pobreza argumentativa, sino la complacencia para con el discurso de las autoridades de Guayaquil, esa notoria incapacidad crítica que existe en la ciudad (de la que hace gala el economista y que es sintomática de la gran mayoría de “pensadores” en Guayaquil) de personas que suelen ser híper-críticas para tantas otras cosas, pero que cuando se trata de la administración municipal de Guayaquil, o callan, o la defienden con un servilismo a prueba de ideas.

Cuando hayan pasado estos tiempos, la gente que sí se animará a razonar lo sucedido en Guayaquil durante la larga administración socialcristiana, podrá recordar y aplicar a este período la frase aquella, escrita en la proclama de la Junta Tuitiva de la ciudad de La Paz hace ya más de dos siglos:


“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…”